30.8.20

Escena costumbrista

"Los trapos sucios no se lavan en casa", responde si le preguntan. Va cargada con un fardo de ropa. Amalia se dirige a la fuente de la Virgen de los Remedios, junto a la iglesia. Allí las propiedades del agua son buenísimas. "De calidad", asegura. El jabón, de tocino y sosa, como Dios manda. Empieza las tareas básicas del lavado a mano. Enjuaga las prendas, las deja reposar. Lo sabañones forman parte de su morfología hace tiempo. Restriega, golpea. Deja reposar otra vez. Siente miradas vecinas en el cogote. "Deberian ponerse a hacer lo mismo", piensa Amalia. En el aclarado verifica minuciosamente la limpieza y blancura de la colada. Retuerce para escurrir. En este momento sublime, la artrosis desaparece. Extiende la ropa sobre la hierba, a medio sol, si no se queda muy tiesa. Cuando empieza a secarse, la va esponjando con las manos para que vuelva a su ser. Tras el estirado y primoroso doblado, la coloca en una cesta de mimbre que encuentra allí mismo, cerca de los rosales. En el hogar nunca le han prohibido sus costumbres. Todo el personal sabe que de vez en cuando, la señora Amalia sufre ataques de melancolía. 

Un relato incluido en Anatomía de la matrioska.