27.1.20

El paciente inglés

Fragmento de la portada del libro.


La villa

Se puso de pie en el jardín en el que había estado trabajando y miró a lo lejos. Había notado un cambio en el tiempo. Se había vuelto a levantar viento, voluta sonora en el aire, y los altos cipreses oscilaban. Se volvió y subió la cuesta hacia la casa, trepó una pared baja y sintió las primeras gotas de lluvia en sus desnudos brazos. Cruzó el pórtico y se apresuró a entrar en la casa. 

No se detuvo en la cocina, sino que la cruzó y subió la escalera a obscuras y después continuó por el largo pasillo, a cuyo final se proyectaba la luz que pasaba por una puerta abierta. 

Giró y entró en la habitación: otro jardín, de árboles y parras esta vez, pintado en sus paredes y techo. El hombre yacía en la cama con el cuerpo expuesto a la brisa y, al oírla entrar, volvió ligeramente la cabeza hacia ella.

Cada cuatro días le lavaba su negro cuerpo, comenzando por los destrozados pies. Mojaba una manopla y, manteniéndola en el aire, la estrujaba para que el agua le cayera en los tobillos. Al oírlo murmurar, alzó la vista y vio su sonrisa. Por encima de las espinillas, las quemaduras eran más graves, más que violáceas, hasta el hueso.


El paciente inglés, Michael Ondaatje, Debolsillo 2016