Nómadas

Anita sabe que octubre entrará sin llamar. La tenue luz solar se volatiliza en la verja de la casa de la playa. Por la calle desfila una decena de carromatos. La feria ambulante se despide lanzando serpentinas y confeti al respetable. Un hombre anuncia por el megáfono sorprendentes atracciones para el próximo verano. De fondo suena una pegadiza canción que pronto quedará ahogada en todas las emisoras de radio.

La mayoría de los biquinis de Anita han perdido el color y la elasticidad original. El bronceador de flores de Tiaré empieza a marchitarse. Las caracolas recolectadas en la orilla han enmudecido. El precioso flamenco hinchable alzó el vuelo la otra tarde para no regresar. La sombrilla tamaño familiar, que dio cobijo a una nube de abejas y a los arrumacos de Anita y su gitano, está en poder del apicultor que tuvo que acudir al rescate. Y la tumbona de cinco posiciones quedó KO la última semana de agosto. Sin embargo la vieja toalla de nudos marineros sigue impertérrita. Y es que Anita nunca tira la toalla, así pasen veinte años.

En el porche hace fresco y se pone un jersey fino de punto. Se siente molesta, algo le roza. Es el piercing del ombligo que le está pidiendo vacaciones. Yo aquí sobro, nena, le dice. Ella aún no se ha dado cuenta, pero su favorecedora piel morena va tomando una tonalidad cetrina por momentos, la melanina se ha desactivado. 

Huracanes y tempestades son capaces de hundir una trasatlántico del tamaño de cuatro campos de fútbol. Paradojas de la vida, Anita tiene entre las manos una frágil botella de cristal que acaba de encontrar varada en el jardín. Con mucho cuidado vacía su interior. Está nerviosa. Se columpia en la hamaca como una niña. Quita un cordel rojo. Desenrolla una papeleta y lee en voz alta la frase escrita con letra de imprenta. "Vale por un sueño de verano". De inmediato dos lagrimones le resbalan por las mejillas. El sabor del mar se posa en la comisura de su boca. Anita cierra los ojos al sol de otoño para abandonarse entre las olas.